Los refugiados comparten sus historias con el Papa Francisco
11 septiembre 2013

Nosotros creemos en el Evangelio y sabemos que la limitación de recursos se puede superar si podemos compartir lo que somos y lo que tenemos, donde quiera que estemos, confiando en la providencia (Alessia Giuliani/JRS).
Roma, 11 de Septiembre 2013. Varios refugiados compartieron sus experiencias personales con el Papa Francisco durante la visita del Santo Padre ayer 10 de septiembre 2013 al Centro Astalli, un centro del Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) dedicado a la acogida de los refugiados en Roma. A continuación les presentamos las historias de un refugiado sudanés de Darfur y una refugiada siria, y un discurso que pronunció el director del SJR en Italia.

Un mensaje de Adam, refugiado sudanés de Darfur

Santo Padre,

Mi nombre es Adam y soy un refugiado de 33 años que vive en Italia, porque no pude quedarme en Sudán. Soy un sobreviviente de la guerra, que llegó aquí por mar. Estar hoy aquí es una experiencia muy emotiva para mí.

Para mí es una gran responsabilidad expresar el dolor y la esperanza de todos los refugiados que viven en Italia; encontrar las palabras no es fácil.

Pensé en contar brevemente mi historia, no porque sea más importante que la de los demás, al contrario, sino porque a pesar de que pueda parecer extraordinaria es bastante habitual para muchas personas en este mundo. Es una historia de guerra.
Usted sabe mejor que nosotros cuántas guerras hay en el mundo y dónde, y por esta razón podrá entender la carga que los refugiados llevamos sobre nuestras espaldas.

Mi historia de guerra comenzó cuando los soldados quemaron mi pueblo en Darfur. Mis dos hermanas menores, de cuatro y seis años de edad, murieron en el incendio. Yo me vi obligado a unirme a los rebeldes; mi hermano, en las fuerzas gubernamentales. Dos meses más tarde, ya estaba en pleno conflicto empuñando un rifle. 

Estaba luchando contra los que me habían ordenado que yo considerase mis enemigos. Nunca imaginé que ese día el enemigo sería mi hermano mayor. Uno frente al otro, nos quedamos paralizados mirándonos a los ojos. No nos dijimos nada. Tiré el rifle al suelo y empecé a correr, a escapar. Mi huida terminó en Italia.

Nosotros los refugiados somos los afortunados supervivientes, los testigos de tantas muertes por la guerra y de los asesinatos cometidos por terribles dictadores.

La parte más difícil para los que, como yo, estamos refugiados en Italia es tratar de sensibilizar a la opinión pública sobre las tragedias en las que viven nuestros pueblos. No podemos permitirnos ceder ante el dolor, encerrarnos en nosotros mismos, considerarnos víctimas de la injusticia. Si hacemos eso ofenderíamos la memoria de los que no lo pudieron lograr.

Nosotros los refugiados tenemos el deber de hacer todo lo posible para integrarnos en la sociedad italiana. Es difícil, pero hay que intentarlo. Muchos de nosotros llegamos aquí llenos de esperanza y expectativas. Estábamos convencidos de que lo peor había quedado atrás, pero a menudo nos preguntamos si ese es el caso.

Muchos de los que vivimos en Italia no tenemos una cama, una comida caliente o un lugar al que llamar hogar donde poder recuperarnos de nuestro largo viaje y de los horrores de la guerra. A pesar de que la integración parece más un sueño que una realidad no podemos abandonar. Yo tuve suerte; me ayudaron los amigos del Centro Astalli. Ellos son mi hogar, mi segunda familia.

Una última cosa, Su Santidad. El viaje que los refugiados se ven obligados a tomar para buscar asilo en Europa es un crimen contra la humanidad. Había 170 personas en el barco que me trajo desde Libia a Italia. Cada uno de nosotros pagó 1.200 dólares para hacer este trayecto, para muchos fue un billete hacia la muerte.

Santidad, su voz es poderosa. Todo el mundo le escucha. Ayúdenos. Hable de esta masacre en el futuro. Buscar asilo no debería costarnos la vida.


Mensaje de Carol, refugiada siria

Santo Padre,

Mi nombre es Carol. He sido una refugiada siria en Italia durante un año. Soy una víctima de un conflicto atroz que se ha saldado con más de dos millones de refugiados.

Soy maestra. Durante años, los jóvenes y los niños han sido mi razón de vivir. Siempre he pensado que la educación puede ser un camino hacia la paz.

Pero hoy todos los caminos hacia la paz y la libertad en mi país parecen haberse borrado para siempre.

Nuestros hijos o han sido reclutados o han muerto en una guerra sin sentido. Los están matando a todos. Tardaremos por lo menos 50 años antes de que surjan nuevas generaciones de sirios. Somos un país sin futuro.

Hoy, en Siria, a nuestros niños se les impide ir a la escuela, porque enviar a un niño a clase a aprender significa asumir el riesgo de que no pueda volver a casa con vida.

Hemos escapado de nuestros hogares, dejando atrás nuestras familias y nuestro pasado porque no hay alternativa.
La única esperanza es llegar con vida a esa Europa acogedora y abierta que soñábamos. Por desgracia, tampoco aquí hemos podido encontrar la paz.

Nuestros derechos humanos, así como nuestra dignidad, a menudo son pisoteados por culpa de la indiferencia y la superficialidad con que se nos trata.

Hoy le confío mi gente a su corazón y a sus manos. Mis hermanos sirios y yo podemos ofrecerle sólo heridas profundas y una pesada herencia de dolor. También somos testigos del sufrimiento de nuestros hermanos cristianos en Siria. Venimos de ciudades como Homs y Kamisly, hemos visto nuestras iglesias destruidas. La guerra nos ha negado incluso la posibilidad de rezar.

Aquí, en Italia o en otros países europeos, muchos de nosotros hemos escapado del horror, pero todavía no nos sentimos seguros.

Santo Padre, le dirigimos nuestra oración a usted. Los sirios en Europa no quieren ser una carga; queremos sentirnos como una parte activa de una nueva sociedad. Queremos ofrecer nuestra ayuda, nuestras muchas habilidades y conocimientos, nuestra cultura para ayudar en la construcción de una sociedad más justa y acogedora para aquellos que huyen de la guerra y la persecución.

Nosotros los adultos aún podemos soportar más dolor, si esto sirve como garantía a un futuro de paz para nuestros hijos. Les pedimos que se garantice la oportunidad de que vayan a la escuela, y de crecer en un entorno tranquilo.

El Servicio Jesuita a Refugiados en Siria, y aquí el Centro Astalli, son importantes fuentes de fortaleza para nosotros los refugiados, pero necesitamos más. Necesitamos que la comunidad internacional se posicione contra el sufrimiento del pueblo sirio causado por una guerra que ni se quiere ni se entiende.


Mensaje del P. Giovanni La Manna

Muy querido Papa Francisco:

Su presencia aquí entre nosotros es un gran motivo de alegría; es un signo concreto del amor de Dios por los más pobres de entre los pobres y una fuente de consuelo, de esperanza. Como nos recuerda el Evangelio: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que padecen persecución en nombre de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos".
Dios dio a su Iglesia el Papa Francisco, que inmediatamente habló a nuestros corazones de compasión, esperanza, valor, pidiéndonos ser pobres para los pobres y dar testimonio.

Su testimonio y sus palabras confirman el deseo de servir a los refugiados, a las personas de cualquier edad y nacionalidad, obligadas a huir de la guerra y la persecución, de la prisión y la tortura. Como hoy puede ver con sus propios ojos, los refugiados suelen ser hombres y mujeres jóvenes, niños y familias.

Su testimonio y su presencia aquí nos recuerdan la importancia de estar abiertos a encontrar a aquellos que ya han pagado el precio más alto, obligados a dejarlo todo atrás y enfrentarse a un viaje al que muchos de ellos no sobrevivieron. Su significativa visita a Lampedusa nos recordó que muchas personas han perdido sus vidas en el mar por culpa de la indiferencia. Todos deberíamos llevar la muerte de estas personas en nuestra conciencia, y eso nos ayudaría a vivir con los ojos abiertos y las conciencias despiertas.

Papa Francisco, toda la familia del Centro Astalli - jesuitas, personal y voluntarios laicos – trabajan duro para acoger a los refugiados y se preocupan por forjar una relación con ellos. Dar la bienvenida a los refugiados nos abre al diálogo con personas de otras culturas y religiones, y nos permite compartir la esperanza de aquellos que han sido lo suficientemente afortunados como para llegar a Italia para vivir en paz.

Damos gracias a Dios porque a lo largo de los años hemos mantenido nuestra tradición filosófica de ayudar a los más pobres de entre los pobres, lo que nos ha brindado la oportunidad de crecer humana y espiritualmente. Los refugiados nos enseñan, día a día, la importancia de la fe y la esperanza, las únicas posesiones con las que llegan.

Papa Francisco, cada uno de nosotros experimenta los límites de nuestra propia humanidad todos los días en los encuentros con los refugiados que viven en condiciones difíciles. Esto nos hace sentir que estamos en crisis, pero a la vez nos mantiene vivos, estimulando nuestra imaginación para buscar nuevas formas de responder a las múltiples necesidades y dificultades que enfrentan las personas a las que acogemos. El aumento de la pobreza implica nuevas connotaciones: la crisis que vivimos es, sobre todo, cultural y humana, más que económica.

Papa Francisco, en su bendición y oración encomendamos nuestro deseo de permanecer fieles a nuestra vocación con alegría y valentía. En ti, confiamos a Dios el deseo de reconocer el rostro de Cristo en nuestros hermanos y hermanas. Deseamos vivir con valentía para desafiar a un mundo que sigue siendo demasiado injusto, donde no faltan recursos, sino que están distribuidos injustamente. Tratamos de servir para sentirnos parte de una comunidad en la que nadie quede solo o excluido de la posibilidad de una vida digna y justa.

Nosotros creemos en el Evangelio y sabemos que la limitación de recursos se puede superar si podemos compartir lo que somos y lo que tenemos, donde quiera que estemos, confiando en la providencia.

Papa Francisco, nos alegra enormemente su presencia, oramos por usted, confiamos en la Virgen y en la intercesión de San Francisco y San Ignacio y contamos con su paternal bendición, sobre todo para los refugiados aquí presentes y también para todos los demás desplazados en todo el mundo.


Share your comments here
Name
Do not inlcude my name with this reflection.
Email
City State Country
Reflection
Yes, Add me to the JRS email list.